Sentaro pasa los días en una pequeña tienda de dorayakis, frente a un cerezo, sin mucho entusiasmo por nada. Una tarde aparece Tokue, una anciana algo excéntrica que prepara una pasta de judías azuki extraordinaria, y empieza a enseñarle cómo hacerla con paciencia y atención. Poco a poco, entre cazos y estaciones, nace una amistad inesperada, y con ella salen a la luz las heridas que cada uno arrastra.
Durian Sukegawa habla de la belleza de lo pequeño, de la injusticia y del consuelo que pueden dar las tareas de cada día hechas con cuidado. La novela se llevó al cine en «Una pastelería en Tokio» (2015). Traducción de Amalia Sato.





